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Una vida amando el arte

Susana Beatriz Grecco

Muchas veces irrumpimos en vidas ajenas y no hacemos una excursión en nuestro propio interior. Hoy, casi a mis setentas, me animo a hacer una reseña sobre mi inquietud artística.

De niña dibujaba pájaros y perros, luego, en mi adolescencia les rogué a mis padres que me permitieran concurrir a Bellas Artes, Instituto de más prestigio en la Argentina sobre las artes visuales. Eran épocas difíciles y la negativa fue contundente. No era un lugar para una niña de su casa y esa era una ocupación que tenía que ver con el libertinaje más que con el estudio. Así me convertí en una perfecta secretaria de directorio de entidades bancarias con manejo de idiomas, protocolo y ceremonial.

Pero los fines de semana mi personalidad mutaba hacia un perfil libre y descontracturado. Asistía a un taller de pintura y empecé a practicar distintas técnicas que de un trazo figurativo, fueron viajando hacia el impresionismo. Al principio sólo con óleo sobre tela y luego comenzando con acrílico y encima el óleo para conseguir mejor textura. También trabajaba con pasteles recibiendo con esta técnica un segundo premio en un evento entre cientos de participantes.

Con este refuerzo motivacional, me anoté en un instituto de artes visuales donde concurría por las noches y me reafirmó como artistas. Obsequiaba mis cuadros a mis afectos en ocasión de eventos familiares o amistosos. Así comencé a exponer y vender mis piezas que entregaba casi dolorosamente como si me desprendiera de un ser querido.

También puse mi mirada en la acuarela que me traslada a espacios insospechados trasladándose a su gusto como algo mágico. Sigo exponiendo, sigo admirando a Monet, la tan sentida obra de Frida Kahlo y de Diego Rivera.

Hoy paso mis días pintando hasta objetos decorativos; definitivamente todo lo que tenga que ver con la pintura ocupa mis momentos más preciados.


Susana Beatriz Grecco
Originaria de Buenos Aires, Argentina, Susana Grecco es una pintora independiente amante del arte de Monet, Frida Kahlo y Diego Rivera.

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Discusiones internas

Javier Arroyo

Era un día común y corriente, como todos los demás días en la secundaria: despertarse temprano, desayunar e ir sin nada de ganas a la mentada escuela. Pero ese día fue distinto. Un compañero, que por cierto llevaba unos cuantos días de haber entrado, casi a la mitad del año, llevó “el artefacto mágico”, el más seductor y hermoso que yo haya visto, y por supuesto escuchado: la guitarra.

Mi familia era todo, menos musical. Nunca estuve rodeado de música. El típico tío que tocaba o cantaba, el primo rockero, o el hermano mayor ensayando en la casa; jamás. Sin más, ese sonido me enamoró. Me voló la cabeza. Acto seguido, me acerqué tímidamente y le dije que me enseñara a tocarla. Dos, tres, cuatro acordes y listo, fue el día más feliz me mi vida. La primera canción que me aprendí: “Like a Stone” de Audioslave. Poco después, “el güero” el de la guitarra y yo, nos volvimos inseparables. Juntos tocamos e hicimos mucha música, tanto canciones propias como de otros, esto se prolongó durante años. Benditos años aquellos.

Sabía más que nunca que la música era mi camino y que la haría todos los días de mi vida. Pero había algo que me estorbaba y me atormentaba. Y como dicen “si no ayuda que no estorbe”. Me salí de la escuela. Cursaba el primer año de preparatoria. Estaba en la tercera hora de clases, me levanté, pedí ir al baño y fui directo a la oficina del director:

– ¿Qué se le ofrece?
– Me voy de la escuela, dije.
– Eso es una tontería, ¿por qué quieres salirte?, exclamó alterado.
– Quiero ser músico y la escuela me estorba.
– No puedes ser músico si no estudias, los grandes músicos estudiaron…

Sabía que iba a ser músico, no me importaba cómo, cuándo ni mucho menos pretendía ser “grande”. Lo verdaderamente importante era intentarlo. Hay dos preguntas que me vienen mucho a la mente: ¿qué es la música? Y ¿por qué y para qué la hacemos?

Sobre la primera siempre he tenido una respuesta que me deja tranquilo: la música es de las expresiones más puras y primitivas del ser humano; sin ella estaríamos a oscuras. Fue tan importante para la evolución como lo fue el fuego.

¿Por qué la hacemos? Para comunicarnos, para sentirnos cercanos, para sentirnos a salvo y en paz, para hacernos recordar que somos humanos. En fin, quién se puede resistir a su encanto, ¡ojalá que nadie!


Javier Arroyo
Músico y compositor mexicano. Ha formado parte de diversas agrupaciones musicales. Admirador de Cortázar, Borges, Serú Girán, Luis Alberto Spinetta y por supuesto Cerati.

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La influencia del American Way of life a través del cine

Silvana Corres Zenteno

Históricamente, la década de los 50’s es conocida por una serie de cambios importantes que se dieron en la sociedad estadounidense y que poco a poco fueron impactando al resto del mundo. La prosperidad económica de la posguerra logró posicionar a Estados Unidos como el gran ganador de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y el mayor exportador de productos a Europa, además de ser un actor importante en la reconstrucción de este continente. Esto produjo que a nivel interno, la sociedad estadounidense se caracterizara por tener una importante abundancia material, lo que ha provocado, entre otras cosas, la internacionalización del consumismo como sinónimo de bienestar y la cultura estadounidense como el modelo social a seguir.

Desde el punto de vista del gobierno de Estados Unidos, este estilo de vida (American way of life) podía verse afectado debido a la amenaza comunista, pues la Unión Soviética posicionada como otro importante ganador de la Segunda Guerra Mundial, buscaba extender su influencia en el ámbito político, económico, social, cultural y militar. Es así como se dió el comienzo del periodo denominado Guerra Fría (1947-1991).

El desarrollo del American way of life bajo el contexto de Guerra Fría, sirvió como herramienta del gobierno estadounidense primeramente para intentar contener la ideología comunista en occidente principalmente a través de la publicidad y el cine. En este sentido podemos apuntar que las artes en general y el cine en particular, históricamente se han posicionado como elementos fundamentales del <soft power, término utilizado principalmente por Joseph Nye que corresponde a una herramienta de política exterior de los Estados mediante la cual se busca influir a través de la persuasión, de manera positiva o negativa sobre otro actor del sistema internacional empleando estrategias sutiles basadas en la cultura, ideales políticos y en políticas, como puede ser el otorgamiento de becas, financiamiento de proyectos de desarrollo, eventos como los juegos olímpicos, o en este caso el cine, todo esto con la finalidad de influir de forma contundente en el imaginario colectivo (Mora, 2014).

Con base en esto, además de que el cine buscaba posicionar a la Unión Soviética como el personaje antagónico por excelencia, el objetivo principal de esta nueva herramienta de soft power era influir en los modos de vida de las personas a nivel internacional, por lo que la mayoría de los films de Hollywood fueron idealizados con representaciones convencionales de hombres y mujeres estadounidenses, resaltando principalmente el romanticismo, los valores estadounidenses y sobre todo las ideas y modelos de vida orientados hacia el aumento del consumismo, la acumulación de riqueza a través del trabajo duro y la búsqueda de la unidad familiar, con el objetivo de que Estados Unidos mantuviera su hegemonía cultural a nivel internacional. Por lo tanto el cine pasó de ser una herramienta de soft power de contención a una de expansión y dominación que impera hasta nuestros días.

Actualmente en muchas de las películas de Hollywood sin importar el tema principal, lo que observamos es un repetido bombardeo de marcas de diferentes productos (autos, ropa, accesorios, alimentos, etc.) los cuales van acompañados de nuevos estereotipos, modelos de conducta y valores que promueven la aspiración del mundo por llegar a tener el estilo de vida estadounidense de la clase alta y que promueven al sistema capitalista como el modelo económico y social por excelencia.

Finalmente cabe resaltar que a pesar de la presencia de diversos movimientos en el cine que apelan por la desmitificación de los ideales estadounidenses, no cabe duda que tanto el American way of life como la promesa del capitalismo continúan presentes en la mayoría de los films y se mantienen como modelos que fomentan la construcción de la cultura de masas, por lo que es momento de reflexionar acerca de los mensajes promovidos a través del cine.


Silvana Corres Zenteno
Licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad Iberoamericana Puebla. Actualmente forma parte del equipo de colaboradores de Rizoma Gestión Cultural.

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La restauración en México: disciplina al servicio de la conservación del patrimonio

Marina Corres Tenorio

La restauración es una disciplina que implica conocimientos teóricos y habilidades manuales. La profesión nace como un oficio técnico que al paso de los años adquiere un nivel de licenciatura, en donde indispensablemente se integran conocimientos sobre historia, química, biología y administración, entre otras materias científicas.

El perfil de un restaurador se caracteriza por un temple extremadamente paciente y un espíritu aventurero, ya que la intervención de un bien conlleva a una serie de procedimientos minuciosos y tardados, así como el tener que trasladarse a comunidades en el interior del país, debido a que la mayoría de los bienes se encuentran custodiados en sus comunidades originarias.

Un restaurador profesional tiene la capacidad de atender todo tipo de bienes materiales que pertenecen al patrimonio de una sociedad, bienes que han recibido un reconocimiento de cualquier índole, sea particular o público. Como parte de la preparación que las distintas escuelas y universidades brindan en el país, un estudiante de restauración adquiere conocimientos teóricos, prácticos y científicos para intervenir objetos arqueológicos, históricos y contemporáneos. Los materiales de los que pueden estar hechos estos bienes incluyen piedra, madera, metal, papel, vidrio, textiles, palma, piel, etc.

Una definición muy completa sobre el patrimonio material la da Patricia Pernas Guarneros en Patrimonio cultural y nacional en México: “El patrimonio cultural de un país incluye todas las obras arquitectónicas, de escultura o pintura, monumentales, elementos o estructuras de carácter arqueológico, inscripciones, cavernas y grupos de elementos, que tengan un valor universal excepcional desde el punto de vista de la historia, el arte o la ciencia”. Se incluyen también los conjuntos arquitectónicos y las obras que el hombre ha realizado utilizando la naturaleza, y que han recibido un valor universal excepcional. Desde este punto de vista, se vuelven irremplazables y su modificación, alteración o pérdida, un perjuicio social.

En México, la protección del patrimonio cultural tangible e intangible del país está a cargo de una serie de instituciones a nivel federal que promueven la conservación y preservación de dichos bienes. Estas instituciones se rigen sólo por mandatos locales, sino también por convenciones internacionales que marcan las directrices y homogenizan los criterios de intervención. Un profesional en restauración conoce y utiliza estos criterios, con la finalidad de intervenir adecuadamente los bienes en cuestión, respetando su integridad y sin alterar su materialidad.

Por último cabe mencionar que actualmente la disciplina de restauración se enfoca principalmente en la conservación y preservación de los bienes culturales, y las actividades de restauración sólo se llevan a cabo como último recurso, utilizando el principio básico de la “mínima intervención” posible.


Marina Corres Tenorio
Licenciada en Restauración por la Escuela Nacional de Conservación. Cuenta con una especialidad en Historia del Arte en pintura de caballete del S. XVII, actualmente trabaja en el INAH-Oaxaca, es perito restaurador y su proyecto más reciente es la recuperación de 3 retablos siniestrados por un incendio en San Andrés Zabache, Ejutla, Oaxaca.

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Emprendimiento “social”: ¿pleonasmo de moda o adjetivo necesario?

Arturo Estrada, Miguel Rendón, Eduardo Correa

Un emprendimiento es, en principio, la realización de un deseo personal o colectivo, con un fin específico. Hay personas que tienen una inspiración o vocación de servicio y la convierten en un negocio. Inspiratĭo que en latín significa: el primer aire que le da inicio a una idea o la vida misma. Un emprendimiento tiene vida propia, es todo un sistema que parte de un concepto creativo y se vuelve realidad a través del trabajo.

Sostenibilidad, creatividad, transparencia, participación, responsabilidad, tecnología, compromiso son los pilares de los nuevos modelos de negocio, describe el libro Sectores de la Nueva Economía 20 + 20, publicado en el 2010 por el Ministerio del Trabajo del Gobierno Español (Monzón et.al.).

Economía social, economía digital, industrias de la creatividad, economía abierta y economía verde son los sectores empresariales que corresponden con las nuevas demandas sociales, según estudio de más de 100 casos.

Ashoka, una organización internacional con un capítulo en México, acuñó el concepto de emprendedor social público con su Secretaría de Desarrollo Social. Ha encontrado en la economía social una herramienta para cambiar los enfoques del desarrollo sostenible del país, que ofrecen a los jóvenes oportunidades de continuar sus estudios y obtener mejores empleos a través de actividades productivas de sus comunidades, evitando que sean reclutados por grupos delictivos.

El afán de maximizar el beneficio individual beneficia a la sociedad en su conjunto: “No es la bondad del carnicero la que lleva a abastecer de alimento a sus semejantes, sino su impulso egoísta de beneficiarse y lucrar” argumenta Adam Smith en La riqueza de las naciones. La discusión puede extenderse, pero basta con la noción que cualquier emprendimiento debe satisfacer una necesidad social. A continuación, una curiosa anécdota que ejemplifica la cuestión:

En una revista virtual llamada Yorokobu, leí hace unos meses una historia que buscaba ejemplificar la idea del emprendimiento social: un grupo de jóvenes decidieron iniciar un negocio vendiendo bienes básicos de consumo, como hortalizas, jabón o papel, a una comunidad con alta marginación. Lo que no contaba la historia es que desde hace cientos de años dentro de ciertas comunidades, como la mixteca poblana, es un acto cotidiano y permanente el sistema de abastecimiento mediante el cual los habitantes se organizan para que a través de pedidos cada cierto día de la semana un encargado vaya a la ciudad más cercana a hacer las compras colectiva de sus necesidades particulares, para regresar a repartirlo y terminar obteniendo una retribución económica por tal acto. La diferencia es que hoy en día una actividad como esa se le celebra con mucho entusiasmo y se le engloba bajo el manto del “emprendimiento con sentido social”. Sin embargo, ¿por qué celebrar el sentido social de la economía como algo original? ¿por qué se impulsa con tanto interés hoy en día al emprendimiento social? (Aguilar, 2016)

¿Se ha desvirtuado tanto el sentido original de la economía? ¿Qué es necesario volver a dotarla de sentido? ¿Puede ser tendencia similar a la “responsabilidad social corporativa” como un lavado de imagen o de conciencia de las corporaciones más “sucias”? ¿Puede haber emprendimientos no sociales? ¿O social se vuelve un apellido necesario para describir el espíritu cooperativo y solidario de algunos proyectos empresariales?

Según Silva (2007) el emprendedor no es neutral y “Las épocas históricas no son neutrales. Sus actores más poderosos establecen un sistema de ideas para interpretar la realidad, un sistema de técnicas para transformarla y un sistema de Poder (institucionalidad: reglas políticas, roles epistemológicos y arreglos institucionales) para controlar dicha realidad”. Cada época marca el concepto de emprendimiento y emprendedor, que responde a la cultura y el imaginario dominante.

Así, en la época del extrativismo, los cazadores, pescadores y recolectores encarnan a los emprendedores y su sistema de ideas, técnicas y su poder era relativo a su forma de subsistencia y organización social. En el agrarismo, el emprendedurismo estaba relacionado con la producción y la expansión de los mercados para comercializar y obtener materias primas. Los exploradores, expedicionarios, aventureros y conquistadores de las nuevas tierras encarnan al emprendedor histórico. En el industrialismo se ha forjado el concepto actual del emprendedor capitalista, ejemplificado en la imagen del self-made man, representado por hombres como: Ford, Taylos, Rockefeller, Carnegie.

Es muy interesante analizar la relación entre un emprendimiento y el emprendedor social. Estamos acostumbrados a escuchar las historias tradicionales enmarcadas en un enfoque basado en resultados individuales. El nuevo paradigma consiste en construir empresas más justas, cooperativas y socialmente responsables; que sean conscientes de la huella ecológica, que sean creativos para resolver de una forma distinta los retos de su actividad, transparentes en sus gestiones internas y externas, que tengan un enfoque participativo, hábiles en las nuevas tecnologías y con un compromiso de grupo.

El reto de los emprendedores sociales es construir, en equipo, una base sólida de valores que permitan crear núcleos de desarrollo profesional que integren, los deseos del individuo a un fin común.

El verdadero reto de los emprendedores sociales es establecer nuevas prioridades, poniendo en primer plano el bien común. Expresar una misión colectiva, que fomente el desarrollo comunitario deber ser la inspiración de los nuevos emprendimientos.

Referencias

Monzón, J; Antuñano, I; Serrano, F. (2010) Sectores de la nueva economía 20+20. Fundación EOI. Madrid.

Artículos:

Aguilar, E. Emprendimiento ¿social? en Territorio. Número 12. Marzo 2016. Recuperado en http://revistaterritorio.mx/emprendimiento-social.html

Silva, DSJ. (2007) El emprendimiento social en el cambio de época. Worlds and knowledges Othermise


Arturo Estrada, Miguel Rendón y Eduardo Correa
Alumnos de la Maestría en Gestión de Empresas de Economía Social por parte de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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El rey desnudo
Alexis Hellmer

Recuerdo que, de niño, disfrutaba enormemente leyendo y releyendo el cuento de Andersen titulado El traje nuevo del emperador. Cada vez me asombraba de que nadie, excepto un niño, fuese capaz de decir lo que no podría ser sino evidente para todos: que el ufano emperador iba en realidad desnudo por la calle. Crecido ya, revivo ese asombro cada que oigo a algunos prodigarse en elogios hacia tal o cual artista contemporáneo y aclamar sus obras, vacías de contenido, como el non plus ultra de la creatividad y el genio artístico. Y así como el niño del cuento me provocó en el pasado la mayor simpatía y admiración, hay en el mundo del arte actual quienes me producen una simpatía y una admiración no menores, por atreverse a decir lo que —cabe esperar— todos saben de sobra: que mucho de lo que se premia en las bienales más prestigiosas y se exhibe en los museos más vanguardistas y se vende como oro molido en las galerías de mayor renombre, no es sino un montón de desechos con firmas de personas que no están dotadas de un real talento para el arte.

Por fortuna, son cada vez más los críticos y curadores de arte que no están dispuestos a secundar la impostura de quienes pretenden hacer pasar por arte las más extravagantes ocurrencias, mismas que, amparadas con los nombres sacrosantos de “instalación” o “happening”, van desde una bombilla intermitente hasta un conjunto de baldes coloridos y llenos de agua, pasando incluso por una pila de rollos de papel higiénico y otros artefactos que es mejor callar. Avelina Lesper, que es, en mi opinión, una de las voces más autorizadas en materia de arte en México hoy en día, lo es precisamente porque no tiene reparos en llamar a las cosas por su nombre y apreciarlas en su justo valor. Al igual que ella, Dave Hickey, en EEUU y Julian Spalding, en el Reino Unido, levantan la voz en diferentes medios para denunciar la enorme estafa en la que se ha convertido el mercado del arte, desde tiempos de Warhol hasta este siglo XXI. Pablo Jato, a través de su documental El espejo del arte, es otro que contribuye a la discusión mediante el planteamiento de preguntas serias a diversos personajes involucrados en ella.

De acuerdo con estos expertos, en tal especulación intervienen, por una parte, los autores de las supuestas obras de arte y, por la otra, los galeristas, marchantes y  corredores; los curadores y críticos pagados para defender lo indefendible, así como los propios coleccionistas, que deciden invertir en piezas sin contenido de las que esperan obtener luego una ganancia cuantiosa. Una vez más, se trata del mercado apoderándose de la cultura, como ya ha pasado en el terreno de la educación, de la investigación farmacéutica, etc. La causa parece ser la misma que en el cuento de Andersen: la vanidad de unos y la codicia de otros. En efecto, donde haya un emperador dispuesto a vestirse con un traje invisible, habrá alguien más que encantado de vendérselo por una suma de dinero exorbitante. Y claro, no faltarán tampoco muchos que, para no ser tachados de vulgares e ignorantes, aplaudan embelesados lo que, fuera de un museo, causaría indiferencia o repulsión. ¡Qué bueno que existen también los que, como el niño del cuento, gritan la verdad!


Alexis Hellmer
Amante de la literatura clásica y de su enseñanza, Alexis Hellmer es un latinista mexicano que busca conservar, proteger y promover la cultura ancestral de Occidente a través de la integración del latín en la vida cotidiana como generador de cambio para los individuos y las sociedades. Actualmente traduce textos del latín al español e imparte cursos de latín y griego a niños, jóvenes y adultos en diferentes instituciones como la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP) y la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).


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¿Campaña nacional de vacunación contra el virus de la lectura?
Maria Tesesa Cordeiro

Muchos hablan sobre ciudades patrimonio, ciudades creativas, ciudades conectadas, pero también existen las ciudades lectoras. En diversos viajes he tenido la oportunidad de conocer este tipo de localidades en Argentina, Uruguay, Brasil, Chile, Cuba y ya ni se diga en ciudades europeas, cuyos ciudadanos leen en promedio dos libros por mes, es decir, 24 libros al año; esto es un altísimo índice en comparación con lo que leemos los mexicanos: 2.6 libros anuales, según el más reciente estudio realizado por la Fundación Mexicana para el Fomento de la Lectura en el año 2013.

Este estudio arrojó que de los encuestados el 54% no lee libros y 35% dijo que no ha leído un solo libro en algún momento de su vida, a diferencia de un 64% que sí lo ha hecho y el 1% no contestó. Esto significa que en nuestro país más de la mitad de la población mayor a 12 años no lee libros por gusto, mientras que una tercera parte nunca ha tenido un acercamiento con uno de esos materiales escritos (esas compilaciones de hojas con palabras que no les dicen nada, no les significan nada a los ciudadanos comunes).

Las políticas públicas federales, estatales y municipales en México sobre el fomento a la lectura, entonces, no están funcionando. ¿Por qué razón? ¿Existe algún motivo por el cual los jóvenes y los adultos no leen? ¿Acaso se les “vacuna” desde las escuelas? ¿Las bibliotecas públicas y las salas de lectura se encuentran en crisis? ¿De quién es la culpa? ¿Es responsabilidad de los padres, los maestros, los promotores de la lectura, el gobierno de cualquier nivel? ¿Será que las estrategias se construyen desde un escritorio y no llegan a implementarse para la correcta atención de la ciudadanía? ¿Qué es leer? ¿Bastan 20 minutos al día? ¿Hay una diferencia entre “descifrar las letras” y otorgarle un significado a las palabras? ¿Dónde empieza el hábito a la lectura?.

Leer consiste en interpretar lo que se descifra, pensar, reflexionar, crear, construir mundos, creer, analizar, evaluar, sentir, comunicar. Yo creo que la responsabilidad de la lectura es de todos. Si los padres no leen, los hijos no leen. Si los maestros inician sus cursos en secundaria con La Iliada, La Odisea o la Celestina, ¿cómo esperan que los jóvenes se sientan identificados con estas lecturas?. Si los promotores de la lectura no están correctamente capacitados y no cuentan con un salario digno, ¿cómo esperamos que tengan la energía para contagiar a chicos y grandes de la pasión que se necesita para iniciar una lectura?. Si los gobiernos no apuestan por estrategias innovadoras, frescas, contemporáneas, adecuadas a la realidad que vive actualmente la sociedad, ¿cómo se espera que la ciudadanía vaya a una biblioteca pública a pedir prestado un libro o que tenga ganas de ir a ese espacio deteriorado, sombrío y poco amigable? y sobre todo, ¿cómo se espera que se queden 20 minutos al día para leer?. Otra verdad: los salarios mínimos apenas alcanzan para cubrir las necesidades de una familia y los libros son un producto muy caro, inalcanzable, y no son de primera necesidad, no se consideran vitales (aunque sean tanto de primera necesidad como vitales para la formación de un ser humano).

Así, con estrategias públicas que se difuminan en esfuerzos sin sentido, que no se aplican a la realidad de cada comunidad: rurales, pequeñas ciudades, ciudades medias, grandes o megalópolis, será inútil seguir implementándolas en cualquier lugar. He hablado anteriormente sobre el adecuar las estrategias públicas a la realidad de cada ciudad, las estrategias culturales y artísticas nacionales funcionan cuando se incluye a los gestores culturales locales en la construcción o adecuación de dichas estrategias. La verticalidad de las políticas públicas culturales hace mucho daño a las comunidades, su horizontalidad suma, no resta y, asegura que tengan un mayor impacto, una mayor permanencia en las ciudades.

Ahora bien, no basta con tener bibliotecas dignas, ni bibliotecarios capacitados. Con lo acelerado de la vida actual, es necesario también innovar, acercar a los ciudadanos el poder seleccionar, elegir, tomar un libro y disfrutarlo, hacerlo suyo “por accidente” porque “me lo encontré o él me encontró”. Aquí radica la importancia de programas de fomento a la lectura que rompan los paradigmas de que sólo en una librería o en una biblioteca se pueden obtener libros: utilizar las calles, las bancas de un parque o de la plaza principal, la parada de un autobús o el centro comercial. Debería haber libros disponibles para los ciudadanos cada tres cuadras, en cada colonia, fraccionamiento o barrio… libros para niños pequeños, para pre-adolescentes, para adolescentes y jóvenes, para adultos, mujeres y personas adultas mayores. Historias para todos, para cada contexto, para cada realidad. Una red de libros viajeros que vayan y vengan, que los tengan en el norte de la ciudad y en dos meses ya estén en el sur. Que se desgasten de tanto que han sido leídos. Círculos de lectura informales donde los amigos o amigas comenten sobre lo que se “encontraron” en una banca o en una repisa que parecía tronco de árbol en el parque.

Las ciudades lectoras son una realidad. Hay que provocar a los ciudadanos. Hay que alentar a los gestores culturales que se especializan en fomento a la lectura a ser creativos, innovadores, a probar otros esquemas, otras estrategias, a desacralizar las bibliotecas y las salas de lectura, a convertir las salas de las casas de los ciudadanos en salas de lectura comunitarias. ¿Nos atreveremos a ir contra la corriente? 20 minutos al día es ridículo si no se tienen los libros adecuados. 20 minutos al día con el libro adecuado y la estrategia adecuada podría funcionar si todos, en especial padres, familiares, amigos, vecinos y maestros asumimos la responsabilidad de leer frente a los niños, con los niños y los jóvenes. Se regalan muchos juguetes y ropa ¿por qué no incluir un libro que nosotros hayamos previamente leído para compartir la lectura? La lectura tendría que ser una actividad familiar como jugar futbol o a las muñecas. Hay historias de futbol, de muñecas y de seres fantásticos, de mundos imposibles y muy cercanos. Hay fantasía y hay libros basados en la realidad. No vacunemos a los niños, niñas y jóvenes tratando que lean textos que no les entienden, ni el lenguaje les es cercano. Empecemos por lo fácil: ¿qué les gusta? ¿Qué quisieran ser de grandes? Seleccionemos ese tipo de libros. Funciona.

Las ciudades lectoras se construyen en comunidad. Desde la base. Con los vecinos. Con los amigos. En las plazas, en el parque, en el autobús. Entre varios o en soledad, en la recámara. Antes de dormir o mientras vamos a trabajar, mientras esperamos a alguien. En el café o bajo un árbol. El libro es el mejor compañero que se puede tener y una aventura segura. La lectura es un virus muy contagioso si sabemos expandirlo.

Las ciudades lectoras son posibles, pero tenemos que empezar por leer nosotros, contagiarnos nosotros para después contagiar a otros. Los ciudadanos quieren leer, pero quieren leer cosas que los atrapen. Para todos hay, eso es lo maravilloso de la literatura. Construyamos ciudades lectoras desde la base, contagiadísimas del virus de la lectura: en las familias, en los grupos de niños y niñas que juegan en los parques, en las escuelas, en las banquetas donde se reúnen los jóvenes a escuchar música, en la casa de la comadre… ciudades lectoras, vivas, sedientas por saber cómo terminan las historias. Ciudadanos con el virus de la lectura. ¡Basta ya de una campaña de vacunación contra la lectura! Hagamos de la lectura una aventura y seleccionemos libros, lugares y mecanismos donde los ciudadanos pidan más y más ejemplares. Las ciudades lectoras pueden ser una realidad en nuestro país. ¿Te quieres contagiar?


María Teresa Cordeiro
Gestora cultural desde hace más de 14 años, cuenta con una maestría en Políticas Culturales y Gestión Cultural por la UAM – Iztapalapa y la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) con experiencia en el sector gubernamental, además desde 2009 fue Directora de la Conferencia Nacional de Instituciones Municipales de Cultura A.C. (CONAIMUC). Actualmente se encuentra en España realizando un posgrado.



www.funlectura.org.mx/

www.encuentroconaimuc.com

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El arte en la mira
Alexis Hellmer

Sé que estoy frente a una obra de arte cuando su contemplación no me deja indiferente. Me parece, en efecto, que esa es una de las características esenciales de toda pieza verdaderamente artística. El arte está ahí para sacudirnos, para estremecernos.

Tal estremecimiento, sin embargo, conlleva frecuentemente el espanto. Se trata, creo yo, de una experiencia cercana a la religiosa, a la que Rudolph Otto describía como mysterium tremendum et fascinans (misterio tremendo y fascinante). Tremendo, claro está, en el sentido de ‘digno de ser temido’, pero también ‘digno de reverencia’. Y si el arte es algo equiparable a la religión (en alguna forma), eso explicaría el que los conflictos entre religiones y culturas devengan muchas veces en la censura e incluso en la destrucción de monumentos artísticos.

Los últimos años han visto un retorno a la barbárica destrucción del patrimonio artístico de una vasta región del mundo, sede otrora de algunas de las primeras civilizaciones conocidas. De este modo, han perecido sitios de incalculable relevancia como Nimrud, una de las capitales de los asirios, y numerosos edificios en Palmira, ciudad de Siria cuya historia puede ser rastreada hasta el Neolítico. La lista, desde luego, podría ampliarse considerablemente.

A medida que el terror se apodera de más y más territorios en Asia y África, cabe esperar que mucho del arte presente en esos sitios se pierda definitivamente para la posteridad. El conflicto bélico no sólo está dejando una crisis de refugiados sin precedentes, sino que está causando además una de las mayores catástrofes culturales de que se tenga memoria, cuando menos en la historia moderna.

Hasta ahora, Occidente no ha sabido cómo dar solución a esta amenaza y, por desgracia, llega a veces a atentar contra sí mismo, contra su cultura milenaria; con lo que, en el fondo, no parece distinguirse demasiado de los terroristas islámicos a quienes enfrenta en el discurso y con las armas. El incidente ocurrido en Roma durante la reciente visita del presidente de Irán, Hasán Rouhaní, da cuenta de hasta qué punto el arte es víctima incluso de sociedades supuestamente desarrolladas culturalmente. No se trató, esta ocasión, de obras de arte destruidas a golpe de mazo o con el uso de explosivos. Se trató de algo, en apariencia, menos perjudicial, pero que, a la larga, podría tener consecuencias igualmente significativas.

Durante la visita de Estado del mandatario iraní a la capital italiana, numerosas estatuas clásicas de los Museos Capitolinos fueron completamente cubiertas por contener desnudos. La causa, según se explicó, fue que se quería evitar ofender la susceptibilidad del Jefe de Estado de una república confesional islámica. Llama la atención que haya sido precisamente Italia, orgullosa siempre de su pasado romano hasta la exageración, y más aún, Roma, sede bimilenaria de la Iglesia Católica, las protagonistas de esta acción por demás chocante en el siglo XXI, en una Europa multicultural.

Y es que el respeto por la religión y la cultura de otros pueblos no debería convertirse jamás en la anulación (aunque sea ésta simbólica) de la propia cultura. La actitud de las naciones occidentales ante la aniquilación de una parte importante del patrimonio ancestral de la humanidad debería ser de un profundo respeto y una exaltación de todo aquello que ha nutrido por siglos a pueblos y naciones muy diversos. Bastante peligroso es, por otra parte, cuando respetar la cultura ajena implica necesariamente renunciar a la propia, obliterarla, cancelarla detrás de una mampara, pues eso también es un retorno a la barbarie, menos violento, pero tan dañino como cualquier otro.

Alexis Hellmer

Amante de la literatura clásica y de su enseñanza, Alexis Hellmer es un latinista mexicano que busca conservar, proteger y promover la cultura ancestral de Occidente a través de la integración del latín en la vida cotidiana como generador de cambio para los individuos y las sociedades. Actualmente traduce textos del latín al español e imparte cursos de latín y griego a niños, jóvenes y adultos en diferentes instituciones como la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP) y la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).