La facilidad en el arte

Por Manuel Bonilla

La “apariencia de facilidad” es una característica recurrente de la obra de arte. Es un elemento que permite distinguir al objeto estético, tanto como la riqueza del contenido objetivo que es elaborado en la composición artística, o el consumado dominio en el plano de la técnica. No significa, sin embargo, hacer las cosas con especial facilidad, o con ese gesto que distingue al negligente descuido de los diletantes, siempre cuidadosos en su estudioso desdén de lo vulgar y lo característico.

Se puede aparentar facilidad en la obra después de haber superado las mayores perplejidades, o las mayores desdichas imaginables que puede traer la labor creadora, y verdaderamente, a veces no hay cosa más ingrata que la labor artística.

Petrarca hacía y rehacía sus poemas incesantemente, insatisfecho con el efecto estético de un solo verso (los famosos poemas delicados a Laura, no los dejó de corregir hasta el final de su vida); Flaubert pasaba noches sin alcanzar el sueño y descanso reparador por no poder darle sentido a un párrafo o redondear adecuadamente una página (con emoción le contaba en una carta a Louise Colet, cómo se había pasado la noche en vela en la búsqueda de un solo adjetivo), Maupassant revisaba las versiones de sus cuentos una y otra vez, con la fijación que presagiaba el colapso mental del final de su vida. Ejemplos estos de que en ocasiones la disciplina de la creación artística puede ser una carga y tan pesada como cualquier otra.

Ni el genio más grande ha podido evitar un momento de perplejidad frente a sí mismo y frente a su obra, e incluso de alguien como Mozart, que se ufanaba por nunca revisar lo que componía, se sabe que corrigió su sinfonía número 40 por lo menos una vez.

Parece que la dignidad de lo creado se engrandece por las dificultades que se ha tenido que sortear para llegar al fin anhelado. Y cuando se estudia la historia del arte, sorprende cuando se conoce lo que se ha tenido que pasar para obtener un resultado aparentemente tan sencillo.

De Rothko se dice que exigía hasta el punto de sentírsele menguar el corazón, y trabajaba por días, indeciso del resultado, cuando creaba aquellas famosas pinturas que sólo se reconocen por un color elocuente que domina el lienzo todo, o lo comparte con otro de trazos fuertes y difusos; obras que al ojo desinteresado parecería que las podría pintar un niño o un aficionado, pero que tenían tras de sí toda una vida de experiencias artísticas. Y como ese puede prodigarse los ejemplos.

Todo arte descubre dificultades que el artista debe desvelar y resolver para crear algo, ya se trate de complicaciones inherentes al género, a la materia, o a su propia psicología. La facilidad de la obra de arte no corresponde con simplicidad de la creación, ni tampoco al incierto proceso de la comprensión de los lectores o espectadores. Es una ficción, que viene como resultado del buen hacer del creador. Ocurre en todo lo que ha sido creado, cuando es vital y genuino, que de algún modo aparece fácil y espontáneo, cuando nos acercamos a él como el resultado cristalizado de un decisivo esfuerzo.

No sorprende que un creador sensible como Schiller describiera a la obra artística como la idea de la “libertad en apariencia”, con la conciencia de quien sabe lo mucho que ha debido de trabajar para dar lugar a la imagen de algo concebido sin restricciones y sin limitaciones.

El artista es aquella rara criatura que se somete de suyo propio a las tribulaciones y esclavitudes, para dar la apariencia de lo libre, lo fácil y lo bello.


Manuel Bonilla @manuelbonillab
Ávido lector, melómano, escritor errático

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